Tecniferio

Ayer en el Metro

2010-09-08 13:28

Ayer cogí el Metro porque tenía prisa por poner una lavadora entre una reunión matutina e ir al trabajo vespertino. Ya no suelo usar nunca transporte público porque, saliendo con tiempo suficiente, llego andando en un periquete a casi todos los sitios que importan de verdad. Hago ejercicio, ahorro dinero, apoyo sus huelgas: así soy.

La cuestión es que venía con cierta intranquilidad fisiológica que achaco a un té verde con jazmín al que me invitaron a primera hora de la mañana; indudable que fuera esto, pues el Red Bull Sugar-Free y el croissant con jamón que tomé después nunca antes me habían sentado mal. Dicha intranquilidad me traía distraído hasta que, a la altura de Iglesia (importante institución que merece una parada de Metro propio), entró una persona sonriente por la puerta del vagón; llevaba unos papeles de algún organismo público en la mano, dentro de una carpeta de plástico, y los miraba y se reía. También miraba a la gente y se reía, pero ellos no le veían porque estaban muy ocupados con sus catedrales del mar, las fotos que llevan en su iPhone o la última de Lady All we hear is Radio Gaga (porque nos lo dice la tele). Entonces me miró, le devolví la mirada y sonreí, y giró la cabeza con timidez, que es el concepto ético para lo que la Moral llamaría vergüenza. Así era.

Esta mecánica se vino repitiendo un rato: miraba sus papeles, sonreía, miraba a la gente, sonreía más. Era hipnotizador. Entonces, a la altura de Tribunal, cuatro ciudadanos ahorcados por sus corbatas entraron en el vagón y, aprovechando el nombre de la estación, decidieron juzgar: Pobrecillo, no debe ser normal. ¡Qué arranque de mala hostia, compañeros, me sobrevino repentinamente! ¡Qué ganas de arreglar todos los problemas de este mundo mediante el uso de la bonita ultra-violencia que tanto nos divierte! Resulta que la persona que sonríe es la que no es normal... Por lo visto, yo no me he enterado aún de que un señor muy fuerte ha debido decretar que ya sólo nos quedan dos opciones públicas: la amargura o la alienación extrema. Como sabéis, recomiendo añadir a todas mis recetas una buena cantidad de lo primero, pero nunca necesité que nadie me lo pusiera tan en bandeja como ayer.

De tan mala leche estaba que no me di cuenta de que la persona sonriente se había bajado del vagón en la parada siguiente para sonreír a otras personas en otros lugares mientras los demás, gente triste, íbamos a poner lavadoras. Ahora me siento mal, casi al borde del llanto al recordarlo, por no haberle podido sonreír una última vez a modo de despedida, porque SHAKTALE, porque desde los acantilados vuestra espiral descendente me da un vértigo atroz.

En Tirso de Molina, una pareja latinoamericana empezó a cantarnos aquella de Perales, la del velero llamado Libertad, y los ciudadanos encorbatados les miraban con cara de fastidio. Malos tiempos para la Lírica. Por suerte, en Antón Martín vino una trabajadora centroeuropea dedicada a la seguridad privada y les sacó a empujones del vagón mientras les imprecaba en un remedo de castellano; yo bajé detrás y les di 2 € por la media canción porque no cogían tarjetas. Así somos.

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