Tecniferio

Arte contemporáneo chino

2012-02-14 22:58

A través de los tabiques de papel de fumar que separan mi casa de las de mis vecinos, vivo yo sus vidas como si me importasen en lo más mínimo; el nieto de la señora del 9, que ahora vive con ella, lleva 2 noches seguidas poniendo música digna de la BSO de una película navideña de hace medio siglo, lo cual no me desagrada pero me desconcierta, acostumbrado como estoy al silencio casi absoluto a estas horas de la noche; los vecinos del 7 se chillan porque ven mucho Intereconomía y no se deciden sobre cuál de ellos es más de derechas y afecto al Régimen, aunque sospecho que la hija pequeña porque es la que más chilla. Mientras tanto, en el 8, yo espero impenitente a que alguien me traiga una pizza.

Por alguna estúpida razón, la multiculturalidad de la que gozaba mi barrio está trocando en una suerte de modernez que hace de todo menos mis delicias; dicha multiculturalidad es habitualmente publicitada como que está lleno de peligrosos moros de Al-Qaeda y que te atracan siempre, repito, siempre, indefectiblemente, a cualquier hora y en cualquiera de sus calles, a pesar de que yo las transito sin compañía de madrugada esperando que llegue el cruel y lumpenproletario desenlace, tan solamente para llegar sano y salvo aquí y pensar, entre calladas risas mientras cambio mis elegantes ropas subvencionadas por un pijama heredado de mi padre muerto, que las únicas 2 veces que me han atracado en la vida ha sido en el barrio Salamanca: del primer atracador me hice amigo con el paso de los años, y me acuerdo de que tenía los pies prensiles y era capaz de coger con ellos huevos de la nevera o cerrar la puerta de su casa con llave; el segundo se llevó de recuerdo los nudillos de un colega mío varias veces. Qué tiempos. La pizza ya ha llegado, por cierto.

La cuestión es que esta modernez que inunda repentinamente las calles por las que paso cuando vengo del trabajo viene acompañada de un montón de galerías de arte contemporáneo chino y de otros incomprensibles e inapetentes estilos; son grandes naves donde un día hubiera cafeterías que yo compartiera con amor, y que ahora están pintadas de blanco liso, iluminadas con desagradables luces titilantes, y adornadas con cuadros que son poco más que rayas y manchas, única y exclusivamente para el solaz y placiego del tipo del horrendo fenotipo y la horrenda bufanda que bebía vino blanco en la calle mientras hablaba por teléfono, reía a carcajadas y espetaba ¡Si es que soy gilipollas! No es mal sastre el que reconoce su paño.

En la siguiente nave abandonada abrieron no hace mucho una fundación de estudios literarios que pensaba yo que iba a ser la niña de mis ojos, hasta que vi con espanto que aquello de no tener ánimo de lucro era mentira y que sus cursos, que yo ansiaba, se medían con 4 enteros y 2 decimales, y a mí los réditos de mi esclavitud asalariada no me dan para tanto; hoy tenían una fiesta similar a la del hombre carcajeante, solo que no parecía una fiesta: desde la acera de enfrente, una pareja que sostenía unos vasos miraba hacia afuera, me miraban a mí, callados y con expresión neutra en sus caras, completamente fuera de lugar, sin saber cómo habían llegado allí ni cómo podrían escapar a través de los plásticos de matadero que les separaban de la libertad, plásticos de matadero de esos que son tiras que caen desde el techo y que a mí me parecen de un mal gusto atroz, pero que alguien debió encontrar magníficos para tapar la entrada de la Fundación. Hari Seldon, para lo que hemos quedado.

Rebobino varias horas, tengo puesto el uniforme y estoy en lo que me atrevo a llamar, echándole mucho morro, mi trabajo; uno de mis compañeros, un burgués socialista, le enseña a un Alto Cargo del Gobierno Popular las fotos de su nieta; ambos ríen sinceramente. Mientras, un asesor de Génova me dice que él lleva una década estando ahí, siempre al lado de sus jefes por si necesitan un bolígrafo o un papel, y que jamás se le ocurriría molestarles con esas cosas, que quién se ha creído que es mi compañero si no es más que un funcionario de baja escala; entonces se me queda mirando, se da cuenta de lo que ha dicho, balbucea y solicita disculpas por su afrenta, pero que no entiende que nos mezclemos, siendo Ellos quienes son y nosotros los que somos. El resto de la tarde se ha mostrado muy amable conmigo, pero algo se ha roto entre él y yo, probablemente para siempre. No más risas nunca más.

Pero como el Karma es implacable y siempre se equilibra, pasan las horas, se termina la sesión del Circo, y los cabestros salen empitonados al frescor de la calle para irse a sus casas postizas o, principalmente, para fumar. Uno de los astados, al que llamaremos Pirata por aquello de la pata de palo, siempre es de los más ávidos en mostrar su adicción por la nicotina, pero hoy ha sido precedido por otro al que llamaremos Sabino, por aquello del MLNV que bautizara el 2º Invicto Caudillo. Sabino sale cabizbajo y meditabundo y no se da cuenta de que Pirata está detrás hasta que chocan por llevar distintas velocidades, y entonces se miran y, en ese preciso instante, pasa un ángel; es un momento tenso, hay un silencio sostenido y la tensión ambiental se puede cortar con cuchillo. Lo he pasado francamente mal hasta que Sabino le ha preguntado a Pirata, con cara de arrepentimiento por el pasado que nunca debió ser así, ¿Cómo estás?, y Pirata ha sido también persona y ha contestado y luego ambos han sonreído. He tenido la poética sensación, en ese mismo momento, de que algo con forma de flor crecía en alguna parte.

Lo peor del asunto: escribo todo esto sin tener reciente la influencia de Paul Auster. Será que era San Valentín.

  1. Selim  2012-03-09 20:16  Enlace a este comentario

    Hola Tecniferio, ¿te gustan las novelas policíacas? Recientemente me he comprado “fugitive” de Phillip Margolin , ¿has leído a este autor?
    Saludos.

    @Ferio: pues la verdad es que no soy mucho de ese género; hace poco leí una novela negra noreuropea, pero ni siquiera recuerdo el nombre del autor, tal fue el impacto que me produjo.

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