Tecniferio
Inocente cultura infantil
Estaba yo hoy en mi peluquero de toda la vida cortándome el pelo (o haciendo que me lo cortaran, mejor dicho), cuando el niño de 7 años del sillón de mi izquierda ha empezado a hablar sobre Avatar, la cual había visto hace poco en el cine y le había encantado. Si yo dejara que mis prejuicios habituales se tradujeran en palabras, les diría que, a su tierna edad, ya apuntaba maneras de niño pijo del barrio Salamanca con mamá ultra-protectora, pero no lo voy a decir más que con esta perífrasis que me lava las manos. La cuestión es que el chaval gesticulaba en su sillón y hacía importantes aspavientos que molestaban a su peluquero, pero estaba tremendamente excitado por las grandes cosas que aprendió de la película: resulta que hay humanos azules que no son como nosotros porque hablan otro idioma, y que matan soldados para defender lo que es suyo aunque son los buenos y tienen unas bestias que descuartizan a los otros porque son sus enemigos.
Éstas son sólo algunas de las cosas que recuerdo, porque la verdad es que el jolgorio a su alrededor era importante, especialmente teniendo en cuenta que los compañeros peluqueros son de tradiciones radicales bastante violentas, lo cual, en mi inocencia, acepto como puedo porque la verdad es que me caen muy bien. La cuestión es que este chaval ha sacado un importante mensaje de una película que está reventando las taquillas de medio mundo; sin ir más lejos, el medio mundo que tiene taquillas, porque el otro no tiene para comer porque se lo quitamos los ricos. ¡Si hasta yo quiero ir a ver esta dichosa película!
Y si ésta es la conclusión a la que un niño pequeño ha llegado, ¿a qué conclusiones no llegarán algunos adultos que se toman las cosas a pitorreo o que no ejercen toda la actitud crítica que deberían? Todavía recuerdo las imágenes del otro día, en Fahrenheit 9/11, con los soldados yankis masacrando iraquíes al ritmo de grandes himnos del Metal y del Fire Water Burn de The Bloodhound Gang, y me preocupa. Me preocupa que lo atávico que hay en nosotros sea tan fácil de manipular para un fin a través de la imposición del miedo mediático, del uso de la música para no amansar a las fieras y de unos cuantos constructos sociales que alguien lanzó a ver qué pasaba y ahora parecen grabados en piedra.
¿Lo peor? Que un adolescente granujiento al otro lado del niño no paraba tampoco de gesticular y hacer aspavientos, muecas y burlas ante el discurso del pequeño, porque todo lo que decía, más o menos ajustado a la realidad de una película de ficción pasada por el filtro mental de un niño de 7 años educado en determinadas maneras, le parecían sandeces. Porque el niño no era azul, pero no hablaba como nosotros; porque este adolescente parecía con ganas de molestar porque lo de los demás no le parecía bien; porque algún día alguien le dará una bestia que acabará con sus enemigos descuartizándolos, y somos tan vagos y estamos tan ciegos que, hasta que ese día no llegue, no haremos nada por evitarlo.
