Tecniferio

Ponyo en el acantilado

2009-05-31 14:01

Ponyo en el acantiladoTítulo original: Gake no Ue no Ponyo.
Año: 2008.
Director: Hayao Miyazaki.
Género: fantasía.
Calificación: sobresaliente.

Si hay algo que pueda decir sin pensarlo mucho sobre esta película, es que es bonita; quizá más que eso: bonitísima, preciosa y preciosista. A pesar de que soy un sentimental (marica me dicen otros), jamás pensé que, a mi edad, una película infantil pudiera volver a rescatar de mi interior los sentimientos que ésta sacó ayer de mí. No paré de llorar durante la mayor parte de la proyección, y les aseguro que no todo era alergia al polen.

El maestro Miyazaki, que ya en el pasado nos sorprendiera con obras maestras como El viaje de Chihiro o El castillo ambulante, con otras sublimes como La princesa Mononoke, y con colaboraciones en viejas series de nuestra infancia como Sherlock Holmes (sí, la de los perros antropomórficos) o Lupin, rescata esta vez la historia de La Sirenita, pero con mejor tino que la adaptación de la Disney que, sin ser falta de calidad, agobiaba bastante con las sempiternas y continuas canciones hasta para ir a comprar el pan al badulaque.

Pero se trata de un rescate libre en múltiples aspectos que le añaden aún más valor, aunque sea mitológico, a la historia original. Para empezar, la película está hecha como si Skynet no hubiera tomado nunca el control de nuestras vidas: completamente a mano. Miyazaki ha esclavizado a unos trabajadores de los Studios Ghibli y les ha puesto a dibujar con lápices de colores, fotograma por fotograma, hasta alcanzar la nada desdeñable cantidad de unos 185 000 dibujos. Ahí es nada.

Por otro lado, la libertad de adaptación se refleja en la trama, que incluye elementos más propios de aquellos a los que Miyazaki acostumbra que del cuento clásico. Sin ir más lejos, es tal que así: Fujimoto, un brujo que se segregó de la Humanidad para intentar reinstaurar una nueva era devónica en el planeta, tiene multitud de hijas con una diosa marina; Brunhilde, la que parece mayor y más poderosa, es un pez de espíritu inquieto que, tras quedarse encerrada en un tarro de cristal, es rescatada por un niño que la re-bautizará como Ponyo, y que la transformará en humana a fuerza de amor (y de pociones mágicas colaterales), lo que desatará una inundación sin precedentes en el pueblo en el que vive, con unas determinadas consecuencias que no voy a desvelar para no jorobarles a Vds. la película.

Y es que sólo de recordarla, creo que vuelvo a sacar lo bueno que alguna vez hubo en mí, aunque ya tendré tiempo de enterrarlo, ya... Imagínense si me pareció encantadora la película que, nada más salir de la sala, escribí a mi compañero de trabajo para recomendarle fervientemente que llevara a sus hijas a verla, porque acostumbrados a determinados bodrios de cine infantil que a veces pueblan los circuitos comerciales de nuestro país, esta obra da sopas con ondas a cualquier otra que lo pueda intentar. Una pequeña maravilla.

  1. Maese  2009-06-01 15:11  Enlace a este comentario

    Me resultaría imposible destacar una característica de Ponyo por encima de las demás, pero dejando de lado la música (¿te fijaste en el semi homenaje a la cabalgata de las Valkirias cuando Ponyo corre tras el coche de Sosuke?), a mí me privaron esos fondos sublimes hechos a acuarela.

    ¡Y el final! ¿Es el mayor clímax de la peli, un sencillo detalle minimalista o ambas cosas?

    La verdad es que reconforta saber que aún existen películas tan “puras” como ésta, capaces de transmitir sentimientos y sensaciones bellos sin caer para nada en la cursilería. No todo está perdido, amigo.

    @Ferio: sabes que soy un pesimista y que lo doy todo por perdido aunque brille el sol en un remanso de paz lleno de frutas del Paraíso, pero forma parte de mi encanto personal.
    Sí me fijé en las Valkirias, pero lo olvidé hasta que lo has dicho; la verdad es que quedaba ad hoc en esa escena.
    En cuanto a la escena del final, a pesar de su simplicidad, la verdad es que es muy buena, sublime incluso. A pesar de todo ello, es una película sólo apta para personas sensibles; al resto les parecerá una moñada. Ellos se lo pierden.

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