Tecniferio

Propaganda

2008-11-25 20:52

Hace poco he sabido que, en una discusión casual entre 2 enamorados, uno le dijo al otro ¡No manches el Arte con tu Política! Esto, que podría quedar sencillamente como una bonita anécdota y una frase con más contenido del que se observa a primera vista, es sólo una de las múltiples posturas que cualquiera podría tomar con respecto al tema de la propaganda que sufrimos a través de los medios en estos tiempo.

Como bien sabe Mario, La televisión es nutritiva, decía Servando Carballar para presentar la canción en aquel viejo directo de El Aviador Dro y Sus Obreros Especializados. Pero nutritiva ¿de qué forma? Porque no tiene el mismo fin hacer una dieta equilibrada que permita llevar el día a día de forma saludable que, por ejemplo, nutrirse de hidratos de carbono de absorción rápida para enfrentarse a una carrera de fondo o a una sesión de pesas. Entonces, ¿cuál es el tipo de alimento mental que ofrecen los medios hoy por hoy? Pues hamburguesas de Gallina al más puro estilo Mercaderes del Espacio la mayor parte del tiempo (o kebabs de gatito, como en uno de los volúmenes de Bill, el Héroe Galáctico): la poca sustancia que nos aporta es de una calidad que no deseamos, y las grasas que deberían alimentar al cerebro y proteger ligeramente nuestros órganos son almacenadas delante de nuestras vísceras para mayor gloria del American Way of Life que tanto nos gusta.

A pesar de que son numerosos los estudios que dicen que la televisión y los videojuegos apagan el cerebro, he de confesarles que a veces practico ambos (por cierto que el mismo Dr. Kawashima, el del Brain Training, cambió su postura en cuanto el dinero llamó a su puerta). Hoy, aprovechando una convalecencia por resfriado común de esos que abotargan la consciencia, me he inoculado una buena sobredosis de mis drogas habituales, que actualmente son Prison Break y Heroes; también he visto Grizzly Man después, así que he consumido estupefacientes para largo tiempo.

La cuestión es que los patrones por los que estaban cortados los 2 episodios de las series televisivas eran tan cercanos formalmente que, a ratos, uno ya no sabía si estaba viendo la que es copiada de El Equipo A o la que lo es de La Patrulla X. Mujeres de voluptuosas curvas e inmaculadas pieles combaten a un lado y otro de la línea que separa el Bien del Mal, mientras poderosos torsos masculinos emplean las extensiones metafóricas de sus falos para demostrar quién es el más fuerte del redil; por supuesto, todo esto aderezado con muestras de xenofobia, racismo y otras lindezas que, incubando en cerebros todavía no entrenados, darán como resultado, de aquí a unos años, un público televidente responsable de sus vidas y de los que les rodean. ¿Notan mi ironía? ¿Será psicología inversa o nos hemos perdido algo?

Para muestra, un botón: Nathan Petrelli, senador de los Estados Unidos, puede volar; su hermano menor Peter, enfermero, acaba de ser despojado hace un par de capítulos de sus poderes por su padre. Los dos vuelan a Haití para encontrar a un conocido que tiene el poder de neutralizar el resto de poderes (valga la rebuznancia). La conversación que tienen los 2 hermanos al perder Nathan sus poderes a causa de un eclipse (hagan el favor de obviar la trama y céntrense en lo que voy a decirles) dice cosas como Yo soy un senador de los Estados Unidos y tú sólo un enfermero o No he venido a este país a arreglar su situación política, sino a encontrar ayuda. Piénsenlo detenidamente y contéstense a sí mismos: ¿Qué oficio es más importante: senador o enfermero?

Esto, sin conocer a los personajes, parece leve e indica que sufro de paranoia selectiva pero, si nos adentramos en la serie, descubriremos cuáles son los valores que se nos quieren vender: Nathan no sólo es senador, sino que tiene una mujer preciosa, unos hijos encantadores, amantes despampanantes y una mansión; por contra, Peter cuenta con la desaprobación de sus padres por su oficio, vive en un apartamento y sólo se enamora de negras e irlandesas. Y, por supuesto, Haití es un sitio en el que lo primero que encuentras, nada más aterrizar, es una guerrilla de violenta actitud que te noquea con sus AK-47 (sobre esto último recomiendo el libro Las venas abiertas de América Latina, del que intentaré hablar a no mucho tardar).

Si me parara a pensar, podría contarles a Vds. muchísimos más ejemplos que podemos encontrar en nuestro día a día audiovisual, pero centrémonos en otra de las fuentes que tengo frescas: Grizzly Man. Para los que no hayan leído el documental, viene a ser un refrito de grabaciones caseras reales de un hombre que dedicó 13 medios años de su vida a intentar convivir con osos pardos por amor a la Naturaleza y cómo esto le llevó a terminar sus días siendo devorado por uno de ellos. Pues bien, a lo largo del documental se nos presenta a la gente que rodeaba al protagonista, y crean lo que les digo: la mayoría de ellos no se ajustan al arquetipo de persona equilibrada. ¿Casualidad o causalidad?

Por ejemplo, tenemos una escena en la que la ex-novia y amiga del protagonista permite a Werner Herzog, director del documental, escuchar la grabación de los 6 últimos minutos de vida del protagonista y su compañera mientras son devorados por el oso. Los detalles principales de la escena son:

El resto del documental, lejos de ser soso, es una suerte de diario audiovisual que demuestra claramente que los amantes de la Naturaleza están todos desequilibrados mentalmente, aunque te expliquen tangencialmente que el protagonista era alcohólico y había sufrido una sobredosis de algo indeterminado de la que salió convencido de que los humanos eran basura antes de empezar con sus excéntricas prácticas. Sin embargo, el resto de humanos que salen en la filmación dicen cosas como Hola, niños de América (dichosa metonimia) al bajar de una avioneta, o nos demuestran histriónicamente cómo los restos de los fallecidos llegaron en bolsas de plástico dentro de una caja de metal porque claro, qué cabía esperar de esos animales salvajes. ¡Incluso se disculpa a los cazadores furtivos por ser blanco de las iras de alguna gente! Para mear y no echar gota.

Ahora bien, en este tipo de estructuras, ¿fue antes el huevo o la gallina? ¿Somos unos paranoicos los que vemos las cosas de determinada manera, o los directores y guionistas son meras víctimas de la sociedad en la que viven? O lo que es incluso mejor: ¿es realmente importante esta disyuntiva o sólo su resultado? Lo primero se lo dejo a la Antropología, en la cual soy un completo iletrado; lo segundo, sin embargo, es más de mi interés y creo que tiene unas consecuencias muy importantes. De la misma manera que todos somos conscientes de que Los Teletubbies sólo pueden producir violencia extrema en cualquiera que los vea, las cosas con las que llenamos nuestro cerebro en su momento de menor criterio (esto es, cuando vemos la tele o jugamos a la consola para desconectar) van a crear una serie de andamios intelectivos en su interior que pueden desembocar en que lo pintemos interiormente al estilo de la Capilla Sixtina o que terminemos haciendo la dichosa cúpula de Barceló. Si no establecemos el pensamiento crítico en todos y cada uno de los momentos de nuestra existencia, corremos el riesgo de caer lenta pero inexorablemente al pozo de la manipulación mediática o social aunque no lo queramos. Cuando llegue ese momento, y a pesar de que la disquisición sobre Arte y Política jamás será resuelta del todo, lo más probable sea que la horizontalidad ya no se demuestre como el Futuro que algunos buscamos, sino la forma en la que nos han moldeado otros con herramientas mal calibradas. Por lo tanto, el supuesto fin al que queríamos llegar no será tal, sino algo más complicado escondido tras una espesa capa de maquillaje, y nos habremos dejado por el camino aquello que diferencia a las personas de los osos pardos.

Que no vean la tele, narices.

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