Tecniferio
Imperium
Autor: Robert Harris.
Género: histórica.
Año: 2006.
Calificación: suficiente.
Han de creerme obligatoriamente cuando les digo que, en condiciones normales, hubiera huido como de la peste de un libro que rezara en portada El superventas británico regresa a la antigua Roma con una deslumbrante novela acerca del acceso al poder de Cicerón
(Publishers Weekly). Después de haberlo terminado hace un rato, tengo la terrible sensación de que la Literatura se está prostituyendo ante un público que cada vez gusta menos de los excesos y que busca esta suerte de comida rápida cerebral más para no oír al resto de la gente en el transporte público que por mera promoción intelectual. También puede ser, cómo no, que yo gusto de otro tipo de lugares comunes que los consumidores de bestsellers históricos también denostarían por encontrarlos incomprensibles, inmaduros, infantiles, o cualquier otra palabra que empiece por in
, y en ese caso no podría echarles nada en cara. Vaya, que es una cuestión de gustos, aunque esta conclusión no agrade por sí misma y siempre me lleve a pensar que lo que pasa es que se carece de criterio propio más que otra cosa.
La cuestión que ahora tengo entre manos es la siguiente: ¿una novela puede adscribirse a determinado género en función de que se haga más o menos explícito o, por contra, ha de contar con determinadas características? Temo que soy partidario de lo 2º, y también de la creencia de que se pueden mezclar géneros pero que siempre habrá alguno que prevalezca sobre los demás, y es que nos encanta etiquetar las cosas. Mucho.
Para muestra, un botón: ¿alguien todavía asegura que las primeras novelas del ciclo de los Robots de Asimov son ciencia-ficción? Estoy hablando de Bóvedas de acero y contemporáneas, para aquellos que no estén situados. Vale que están dentro de otra cosa mucho más grande que sí que lo es, y que ocurre en el futuro, y en otros planetas, y no sé qué más cosas, ¿pero no son acaso novelas negras encubiertas por una forma que no es la habitual de tíos duros en gabardina que se emborrachan de noche en su oficina?
Pues a esta novela le pasa exactamente lo mismo: es una novela de abogados, juicios y, sobre todo, artimañas políticas por poder personal, que da la casualidad que ha ido a estar ambientada en la antigua Roma y en la que el autor ha decidido que el protagonista sea Marco Tulio Cicerón en vez de alguien menos conocido por la Historia. Éste, por cierto, me parece uno de los principales errores del libro, porque aunque el autor deja claro al final que se ha documentado un montón, la visión del personaje contrasta fuertemente con la que se imparte en los ámbitos académicos o la que hemos aprendido de grandes producciones de la industria televisiva como Roma (sigh). Y que conste que yo nunca he sido un latinófilo y probablemente no tenga la más remota idea del 95% de las insensateces que pueda decir sobre temas relativos, así que espero que venga alguien a liármela parda y ponerme en mi sitio por haber sido un niño muy malo.
Además (y volviendo a la novela), aunque está escrita de forma que se entiende muy bien a pesar de que todos los personajes acaban pareciéndote los mismos, hacia la mitad del libro no puedes evitar tener la sensación de que lo que realmente buscas es terminarlo por obligación más que por placer. Vamos, que te dan un poquito igual las bienaventuranzas de Cicerón y su séquito, sus logros políticos o los hijos que tenga, porque tú lo que realmente quieres es poder leer algo que te enganche más o tener la fuerza de voluntad para dejar de lado un libro que no te está llenando nada. Por desgracia, nunca la he tenido y, por ello, a veces me he tragado cosas que Vds. nunca creerían.
En definitiva, que con los tiempos que corren no hay nada mejor que informarse previamente sobre los bienes de consumo antes de adquirirlos, y huir desconsoladamente de aquellos que se venden muy bien, porque eso quiere decir que el producto es mediocre. Por suerte, el libro ha sido un préstamo y no he visto mi erario perjudicado con su adquisición, lo cual me alivia profundamente: ni yo soy más pobre, ni el empresario más rico. Ahora les dejo, pero no sin encomendarles a futuras entregas que quién sabe cuándo repartiré, en las que explicaré en qué consisten los paseos que me pego a veces cuando me da un pronto, o en qué deben y no deben hacer cuando se pasen 1 semana encamados en el potro de tortura de una habitación de hospital a causa de una afección menor que podría haber acabado con su vida. No me digan luego que no les avisé.

Aún sin leer la obra comentada, voy a arriesgarme a agregar un comentario. Espero que alguien que sí lo haya leído me contradiga en caso de ser necesario. Como licenciado y casi doctorado en Historia he de confesar que no leo por imperativo lo que desde hace más de una década se llama “novela histórica”. Cierto que según algún que otro admirado y brillante compañero mío de carrera sería conveniente leerlas para averiguar cómo llegar a un público ávido de “historia” (o “historietas” según mi opinión) que lee estas novelas y no se acerca a los ensayos y obras históricos propiamente dichos. Y no quiero escribir “científicos”. Como mucho, intencionadamente veraces, pero con limitaciones. Ya que no deseo hacer un extenso comentario de lo que podría ser un tema de tesis titulado por ejemplo: “El interés por la historia novelada en la posmodernidad” o con el mismo comienzo y seguido de “la actualidad (1980-2008…o la fecha que se quiera)” para los que crean que esto del posmodernismo no existe, creo que leer “historia novelada” (si me permites la expresión Ferio) es bueno para atreverse a ensayos históricos, que los hay y muy buenos. Y no sólo obras consagradas. (Me atrevo a recomendar estos tres últimos que me estoy leyendo en los dos primeros casos o he terminado en el último: SCHLÖGEL, Frank. “En el espacio leemos el tiempo. Sobre civilización, historia y geopolítica”. Ed. Siruela, Madrid, 2008 [Frankfurt del Oder, 2007]; MORGAN, Edmund S. “La invención del Pueblo. El surgimiento de la soberanía popular en Inglaterra y Estados Unidos”. Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 2006 [W.W. Norton & Company, 1988]; FRITZSCHE, Peter: “De alemanes a Nazis (1914-1933)”. Ed. Siglo XXI, Buenos Aires , 2006 [Harvard University Press, 1998]. Pero hay muchos más, mejores que estos y que desconozco seguro. Incluso a algunos lectores estos ensayos pueden no gustarles o parecerles erróneos. Lo importante es el acercamiento al trabajo concienzudo y sincero en muchos de los casos de los historiadores a las fuentes y al tiempo/espacio que están tratando, cosa que no se hace en la “historia novelada”. Mis únicos acercamientos a este tipo de obras fueron: “Los pilares de la tierra” y “El Ocho”, dos pesos pesados (nunca mejor dicho) dentro de este “resurgimiento” del interés por la “historia” en la cultura pequeño-burguesa. El primero lo dejé a la mitad, el segundo ni pasé del prólogo. Igual me ocurrió con “La Tabla de Flandes”. Supongo que echaba de menos el carácter cromático y multidireccional de muchos de los ensayos y obras históricas que leía por aquel entonces, con lo que me aburría una visión tan lineal y atemporal/estática de la historia. La historia es “dinamo” y no un pedazo de tiempo inalterable como si fuese una tarta que podemos tragar sin probar el resto, sin preguntarnos a qué sabría, pues podría ser su sabor distinto. Los autores de este tipo de novela presentan un tiempo inmóvil, quieto, un lago plácido, en el que transcurre un drama de nuestro tiempo, trasplantado a modo de teletransportación, impuesto. De esta manera el lector no sé pregunta nunca sobre el Otro de ese tiempo, porque no hay esfuerzo por “cambiar” el mundo conocido, por construir uno que nos es lejano e incomprensible a primera vista. ¿Será totalmente entendible? No, pero hay herramientas que si nos acercan. Herramientas que los autores por lo general utilizan de soslayo o ni siquiera sondean. Que se hayan documentado con manuales generales o que hayan leido por encima obras de referencia no significa que “comprendan” un pedazo de “historia”. No obstante, y ese es su logro, lo que debo reconocerles, saben llegar al público, cosa que los historiadores o no saben, o no pueden, o no les interesa (quizá para no ser sometidos a critica). Esto último es lo que más me inquieta, que nos quedemos parapetados en nuestro punto de vista erudito (¡a saber cuánto desconocemos!) sin atrevernos a dar el gran salto al público, a la plaza pública de la critica y la construcción colectiva del “hacer o elaborar el tiempo de los muertos y los vivos”. Así que Ferio, creo que es positivo que la gente lea “historia novelada” en la medida en que mantenga un interés por “eso” que he comentado antes entre muertos y vivos, en que haga despertar a los historiadores profesionales de su eruditismo clerical para saltar al público y para que esas preguntas sobre el pasado/presente/futuro sean más complejas, multidireccionales, cada vez más difíciles de contestar en una sola frase o con unas cuantas líneas. Un saludo.
@Ferio: lo que a mí me preocupa, al modo de los socialistas utópicos, es que sin una educación previa o, en el peor de los casos, un gusto venal adquirido, la novela histórica deviene en folletín en vez de en texto educativo. No soy un fanático del género y no creo que lo sea nunca, pero ejemplos como éste me hacen creer con tristeza que todo, absolutamente todo en esta sociedad, está ya mediatizado, mascado y digerido para ser expulsado al mercado de consumo en forma de ocio y no de reflexión. Sin ir más lejos, creo que el único anecdato que se puede aprender de este libro es el nombre de algunas de las colinas de Roma; el resto es una historia de ambiciones pseudo-políticas en la que Cicerón queda relegado al estado de un simple escala-posiciones para alcanzar distintos rangos de poder cada vez más altos, ¡aunque ni siquiera explican en qué consisten cada uno!
Ya digo que no sé cómo será en el caso de otras novelas de este palo, pero si la banalización es la misma que en ésta, temo que ya incluso la Literatura sea un escollo en contra de todo lo que creo, en vez del importante apoyo que siempre confié fuera. No somos nada.
Haciendo reflexión sobre tu última publicación en el blog me alegro de que te encuentres mejor. En cuanto a tu respuesta, decirte que no todo en Literatura, y mucho menos en la literatura histórica “científica”, va dirigido al mercado, a una venta lo más alta posible. Como ejemplo, encuentro la cantidad de obras que duermen plácidamente en bibliotecas y estanterías de librerías más o menos conocidas y que todavía siguen sin venderse independientemente de su calidad. Justamente, el viernes, en la biblioteca de Humanidades de la UAM, en un momento de descanso después de casi 6 horas estudiando, miré a un lado a una de las estanterías, concretamente, la que contiene libros de ciudades hispanas entre los siglos XIII y XIX, o XX, según los casos y referidos a múltiples temas (por ejemplo uno que trataba la evolución de la cubertería y amueblado en Madrid durante la los siglos XVII y XVIII). ¿Crees que es un buen tema para salir al mercado de la narrativa y alcanzar el éxito inmediato? Supongo que habría que abrir el libro en cuestión y hojearlo, porque a lo mejor el autor (renombrado historiador especializado en Historia Medieval pero sólo conocido y citado en este país por suerte) se lo ha currado lo suficiente como para decirnos algo interesante, aunque se hable a priori de cucharas, platos, jarras y tenedores. Pero me consta que tanto este como otros “científicos” escriben sólo para vencer el aburrimiento, engrosar el currículum y para creerse que son historiadores o aparentar que lo son. Por eso mi respuesta del otro día, Ferio. No deseo que las obras sobre la historia a nivel veraz y profesional busquen una venta desmesurada, ni siquiera media, sólo quiero que se lancen a la crítica del público para que se juzgue una labor cívica por la que los ciudadanos le están pagando. Me refiero evidentemente a los profesores de universidad (tanto de letras como de ciencias). Tanto los unos como los otros escriben en la mayoría de los casos para que sus alumnos se compren los libros para aprobar sus asignaturas (lo sé de muy buena tinta) y muy poco o nada se fijan sobre la calidad de qué, cómo y para qué “narran” historia. En relación con la “historia novelada”, efectivamente, es folletín, y da igual que se ambiente en el mundo Romano que en la Revolución Francesa o lo que más se lleva últimamente, el Medievo (mis pobrecitos “siglos” tan manidos y maltratados). Pobres muertos. Pobres vivos. No dudo que haya alguna obra bien escrita y trabajada, pero son las menos. Y para terminar, otra vez, en este país ha tenido lugar una eclosión por lo histórico en referencia al gran mito de la historia española contemporánea: la Guerra Civil. Y ahí, otra vez, con la falta de difusión de las obras realizadas con ahinco y profesionalidad, han ido a llenar el hueco los libros de autores con pretendido objetivo: confundir al personal y de paso retomar teorías e ideas que ellos enarbolan como novedosas sobre la guerra que ya existían hacia finales del 39. Y justamente, son esas obras las que se han vendido a mansalva: morbo y revisionismo, viejas glorias y lógica de la venganza. Pero no deseo desviar el tema principal de mi respuesta, Ferio, ni de la publicación que inició estos comentarios, con lo que concluiré que sólo deseo que se refuerce un poco el espíritu crítico en la gente (no sólo en cuanto a temas históricos) y eso sólo se hace publicando, dándole de manera humilde y profesional lo que le pide al trabajador del pasado/presente/futuro para que no se vaya a obras que no dan lo uno (el dilema del tiempo/espacio y de nosotros en él) ni lo otro (una narración bien llevada, un contar, un “narrar” juguetón y entretenido). Un saludo.
@Ferio: pero para que el público fuera crítico, debería ser educado previamente en una mentalidad distinta de la que tiene que le permitiese serlo; ahora se tragan lo que les den. Sin ir más lejos, un amigo me acaba de pasar un enlace de una tienda en la que venden unos perritos de plástico que se enchufan al ordenador y hacen como que están follando. Y la gente lo compra, y les gusta, porque es soez, porque es moderno al enchufarse al ordenador, y porque han sido educados para dejarse el cerebro en la cama al levantarse y sustituirlo por la tarjeta de crédito. Una auténtica pena que forma una barrera casi insalvable que acentuará cada vez más las diferencias entre 2 nuevas clases sociales que, aunque también tocan la esfera económica, se medirán por sus intereses intelectuales: llamemos a unos , y a los otros ya les llamaremos algo que suene contrario. Lo peor es que temo que esta vez el Gobierno no sea de la minoría. El Futuro me da miedo.