Tecniferio

La iniciativa individual

2014-04-15 23:03

Lo que voy a decir en las siguientes líneas puede herir algunas susceptibilidades porque echar sal en la herida siempre escuece; ya oigo las excusas de mucha gente en mi cabeza, probablemente porque las llevo escuchando toda mi vida, y ahora mismo rasgo mis vestiduras por ello aunque quizá mañana se me haya pasado con una buena noche de sueño.

Como ya he confesado alguna vez por aquí (y digo confesar porque a Vds. les enseñan a diario que es pecado), soy sindicalista. Mi opción sindical no es mejor o peor que el resto de opciones (ya sean de izquierda, de derecha o de corte más liberal), y milito en mi organización a conciencia porque es la más cercana a mis ideas; repito, es la más cercana, pero no comparto todos sus planteamientos ni formas de funcionamiento y, si lo hiciera, sería por casualidad porque a mí los dogmatismos me parecen síntoma de falta de conocimiento y meditación, ergo me producen bastante rechazo.

Dentro de mis labores sindicales se encuentran la negociación colectiva, la protección de los trabajadores en materia de seguridad y salud y la acción social; en casos extremos se personalizan, pero no es lo habitual. Sin embargo, la pregunta que más oigo cuando voy por los pasillos de mi centro de trabajo es ¿Qué hay de lo mío?, y yo me lo tomo a chirigota y zarandaja la mayor parte del tiempo por no llorar, porque a veces lo hacen para que rabie pero, ¡ay!, hay otras veces que formulan la pregunta con una sinceridad pasmosa que, más que asertiva, me parece egoísta y me hace creer que debería leer más sobre Antropología para entender de qué va esta caverna.

El ámbito sindical es muy representativo de lo que quiero explicar; sin ir más lejos, ayer mismo desayunaba con una amiga que me contaba que en su centro de trabajo los sindicalistas solo se dedicaban a hacer uso de sus privilegios (otro día discutimos sobre esto si gustan), a soltar soliloquios decimonónicos en reuniones públicas que cada vez convocaban menos y en proponer cosas que a nadie gustaban, y que ante todo esto y lo que la gente pensaba de nuestro colectivo (ambos somos funcionarios), a ella ya no le preocupaba nada más allá de lo que le pudiese afectar a ella o, como mucho, a su Cuerpo. Yo intenté que aligerase esa forma de pensar porque la falta de comunión con unos representantes actuales no implica la imposibilidad de otras formas de actuación o de propuestas para mejoras, pero me contestó que ella no iba a ser nunca sindicalista. Inmediatamente cambiamos de tema, pero me quedé pensativo y meditabundo: ¿realmente hace falta un puesto representativo para tener una buena idea que proponer al resto?

Entiendo que este tipo de convicciones se arraigan en sociedades acostumbradas a delegar en absolutamente todo: la Política se delega en representantes elegidos en las urnas cada 4 o 5 años; la mejora de las condiciones laborales en sindicalistas; la Educación lectiva en los profesionales de todos los niveles de enseñanaza y la formal también, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid; y así un largo etcétera. Nadie quiere ya hacer propuestas para el cambio porque las decisiones se toman en diferentes ámbitos ajenos al común de los mortales y que solo obtienen comentarios despectivos por parte de los representados, que la mayor parte del tiempo no se sienten tales pero tampoco están dispuestos a dar un paso adelante. De aquellos barros, estos lodos.

Porque la Sociedad no la conformamos solamente los representantes sino todas las personas, y cuando la actitud mayoritaria es la apatía, el repetir como un mantra que no puede hacerse nada y la crítica destructiva, suceden dos cosas: que algunos nos cansamos por llevar la carga de todos y que el mundo se va por el retrete siguiendo la espiral de un bellísimo efecto Coriolis.

Hoy por la tarde, unas compañeras (de empresa externa a mi Administración) me decían que sus condiciones de trabajo empeoran paulatinamente (¡como las de casi todo el mundo!) y que su Comité de Empresa, monopolizado por una opción única, dejaba mucho que desear; yo les he propuesto que la próxima vez se presenten ellas, pero me han dicho que nada va a cambiar y que son muy mayores, y luego me han dicho que no les sirvo para mucho si no puedo solucionarles sus problemas (¡algunos de ellos de índole personal!). Luego he venido a casa y he sufrido, yo diría que ya por tercera o cuarta vez, la vergüenza ajena de que un vecino me cierre la puerta del ascensor en las narices para poder subir él solo. Ese mismo vecino me pidió hace tan solo un par de meses que me presentase a Presidente de mi comunidad de propietarios porque hay muchas cosas que hacer y yo valgo; en realidad quería decir que yo quiero hacer cosas y que los demás las quieren bien hechas, cuanto antes y sin esfuerzo por su parte.

Entiendo perfectamente que la vida de cada persona tiene una serie de circunstancias y obstáculos que le pueden dificultar el ejercicio de la iniciativa individual para convertirla en colectiva si es menester; lo que no puedo aprobar y me parece un síntoma terrible a la par que una explicación directa para la mayoría de nuestras afecciones sociales es que no queramos arreglarlas, sino que sean arregladas por entes externos que, indefectiblemente, gozarán de mala fama y serán vilipendiados porque alguien les ha dicho que son todos feos y malos. Mi propuesta, obviamente, y les confieso que sale en parte desde el interior de mis vísceras porque me rebosa la hiel, es que tengan Vds. los redaños suficientes de tomar las riendas de sus vidas, de hacer propuestas constructivas para la mejora de las condiciones vitales de todo el mundo, y que eliminen en lo posible todo lo negativo y destructivo de sus perspectivas vitales, que van por ahí contagiándolo e instaurándolo sin darse cuenta de que la culpa última de que nos hundamos no es de agentes externos: para llegar hasta esa conclusión tendremos que habernos analizado y aprobado nosotros antes.

Y es que a veces tenemos un bofetón...

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