Progreso imparable y deseable

El Progreso y el Capitalismo me han hecho cambiar de gimnasio. Hasta ahora iba a uno de barrio atendido por un comercial y varios monitores de sala que también hacían entrenamiento personal e impartían clases colectivas junto con profesionales más especializados (Yoga, baile, spinning, etc.); pero la Economía ha hecho desaparecer la sala de pesas y aeróbico porque no aportaba ingresos suficientes: los costes de personal eran demasiado elevados. Tras evaluar otros gimnasios de barrio cercanos y no encontrarlos satisfactorios, he recalado en uno de bajo coste y reciente apertura. El modelo es diferente, desde luego: por la mitad del precio que pagaba me dan más máquinas de aeróbico y fuerza, mayor variedad en pesas, clases cada hora, horario más amplio… Pero la mayor diferencia es que aquí solo hay una persona para todo: el resto de trabajadores es sustituido por pantallas de plasma como si fueran Presidentes del Gobierno.

Las clases comunales tienen ventanas hacia el resto de la sala, desde la que ves a otras personas en su Black Mirror particular: suben en sus bicis o cogen sus pesas rusas y, junto con otras personas, siguen las instrucciones dictadas por monitores de plasma que sustituyen a los monitores humanos. La ventaja económica de este sistema dentro del paradigma capitalista es obvia y no voy a abundar en ella porque quiero hablar de otra cosa: si sabíamos que esto iba a pasar, ¿por qué permitimos que el modelo de trabajo y recompensa económica permanezca inalterado?

Me explico: Isaac Asimov publicó El sol desnudo en 1957, es decir, hace 58 años. El mundo estaba inmerso en situaciones diversas: la Guerra Fría, las dictaduras, los acuerdos de Bretton Woods, la escuela de Chicago… Es un periodo histórico que, en perspectiva, resulta muy interesante, pero que para nuestros abuelos se tradujo en una cultura de trabajo duro para mantener a sus familias, una cultura que se ha perpetuado ciegamente hasta hoy mientras Asimov decía en su novela que no, que el futuro iba por otro camino y que debíamos prepararnos para él.

En Solaria, el planeta donde transcurre la acción de El sol desnudo, la escasa población no mantiene relaciones laborales ni económicas entre sí. Los solarianos viven aislados unos de otros y solo se comunican por medios electrónicos (¿les suena?), encontrándose solo para procrear. El planeta es autosuficiente y el trabajo manual lo hacen los robots, dedicándose los humanos al trabajo intelectual. Este modelo de desarrollo social conlleva otras cuestiones, como una sociopatía generalizada: nada que no ocurra ya.

Permítanme otro giro de tuerca: Paul Lafargue publicó El derecho a la pereza en 1880, donde ya proponía la implantación social de un sistema similar al que Asimov plasmó en su novela casi 80 años después; aunque anclado en una ortodoxia marxista sin probable proyección directa en el presente, predice los índices de paro desmedidos debidos al uso de la tecnología en el mundo del trabajo e insta a la reducción proporcional de la jornada para que todo el mundo trabaje y, por ello, la gente tenga más tiempo para su ocio y su desarrollo personal. Esta es una reivindicación clásica del espectro político de izquierdas que se plasma en lemas como Trabajar menos para trabajar todos. Así, nos encontramos con Podemos pidiendo la jornada de 35 horas (la misma que Sarkozy anuló en Francia) o con el anarcosindicalismo solicitando la de 30.

Desengañémonos: dentro del sistema actual, querer trabajar es propio de esclavos y una forma políticamente correcta de decir que se quieren medios de vida. En una sociedad en la que muchos puestos de trabajo son destruidos (y otros creados) por la introducción de las tecnologías, las discusiones a más alto nivel debaten si el camino a seguir es hacia el Socialismo o hacia el Neoliberalismo, hacia la regulación o hacia el libre mercado, mirando al dedo cuando el sabio apunta a la Luna. Los dirigentes de nuestra sociedad están anclados en paradigmas y debates que no responden a la realidad actual, sino a la de los dos siglos pasados con sus estados-nación, sus fronteras y su postulado desarrollo ilimitado a costa de la fuerza de la clase trabajadora, mientras nuestros modelos educativos languidecen por continuas reformas que solo llevan al intento de imposición de ideologías estériles que no entienden el mundo moderno. Mientras esto pasa en los circos mediáticos, la gente se forma mediante cursos en línea impartidos por personas de otra parte del globo y que terminarán con el modelo de enseñanza basado en colegios, institutos y universidades; lee libros que se descarga instantáneamente en sus dispositivos y que acabarán con la rancia industria literaria; escucha música en streaming a través de conexiones vía satélite y descargándose archivos desde las páginas de los autores pagándoles con Bitcoin; y así con los videojuegos, la forma de comunicarnos, y todo para lo que antes necesitábamos intermediación humana y ahora es mucho más cómodo sin ella.

Yo abogo por todo esto, pero con rostro humano. Las posturas luditas y primitivistas son respetables, pero no se le pueden poner puertas al campo. La gente ha de ser consciente de que el uso de las tecnologías debe suponer una liberación y no la esclavitud, a veces autoimpuesta en forma de adicción, que supone ahora. En un mundo donde el trabajo pesado lo van a hacer robots, los coches van a conducirse solos y las clases de spinning las imparte una pantalla de plasma, debemos diseñar un modelo social en el que todos trabajen poco, tengan lo necesario para vivir y puedan desarrollarse libremente gracias al fin de la esclavitud asalariada. Por el camino encontraremos las barreras impuestas por los que creen de forma absoluta que cualquier tiempo pasado fue mejor, los que no entienden una sociedad sin jerarquías y sin interminables horarios de trabajo, y los que tienen demasiado miedo de que el Progreso rompa sus cadenas porque el statu quo imperante no hace tambalear su cómoda pirámide de Maslow. Quizá sea mejor así, al fin y al cabo somos criaturas contingentes (por ahora) y, para dos días que estamos en la Tierra, mejor vivir tranquilos e inconscientes.

Pero les confieso que a mí esta zona de confort está empezando a quedárseme pequeña y que cada día estoy más del lado de Skynet.

Hoy me he comido una manzana

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