Onironauta

Como bien puede decir cualquiera que me conozca, soy una persona con los pies bien plantados en la tierra. Por ejemplo, en la pestaña contigua a esta en la que escribo tengo abierta una conversación de correo donde se me acusa de ser demasiado pragmático al analizar una situación laboral, lo cual no deja de ser gracioso teniendo en cuenta que trabajo en una administración pública donde nos atan férreas leyes y hay poco lugar para romanticismos, pero para gustos los colores.

Esta posición de persona racionalista me requiere ejercer el espíritu crítico sobre todo lo que me pasa. El sábado pasado mantuve una discusión con mi familia sobre los abusos que algunas personas hacen de nuestra Seguridad Social; posturas hubo de todo tipo, lo que es saludable y cabreante a la vez, pero algo que no pude dejar de señalar es que los comentarios difundidos por Whatsapp que no citan documentación fidedigna o la fuente de lo mencionado no son argumentos válidos (por no hablar de la infame literatura del dichoso mensajito).

Es por esto que no me queda claro cómo abordar lo que me pasa de un tiempo a esta parte mientras duermo. Yo nunca había tenido la capacidad de recordar mis sueños, si acaso alguno particularmente vívido de vez en cuando, y siempre he considerado que si no recordaba lo soñado es porque no era interesante. Pero es que hoy me han asesinado mientras dormía y ha sido una de las experiencias más desagradables que he tenido en mi vida.

No es la primera vez que les hablo de esto: mañana hará un año desde que volví a Manderley. Desde entonces he tenido varios sueños en los que las localizaciones y los personajes se repetían y mi sensación era la de estar en un videojuego porque podía tomar el control de mis acciones de forma consciente. Supongo que gente más lista que yo ya lo habrá estudiado y tendrá una explicación bioquímica y/o psicológica, pero no por ello da menos vértigo estar en un mundo que no es este y poder hacer cosas en él. Desde luego, gente más lista que yo ha escrito maravillosas novelas sobre ello.

En mi sueño de esta noche yo estaba en un patio donde unos militares nos habían hecho prisioneros; creo que era un golpe de Estado porque yo a veces voy al sitio donde se dan los golpes de Estado y he reconocido a varias personas; estábamos todos de rodillas en el suelo con las manos detrás de la cabeza, tal y como hemos visto en tantas películas y en cosas que pasan en la actualidad que son más reales. Entonces me he puesto en pie repentinamente, le he quitado la pistola a uno de los militares y he abierto fuego contra la cabeza de su líder, logrando un bonito efecto que me ha permitido escapar a través del garaje; no era el garaje como lo conozco en este mundo, pero yo ya había estado en esa misma versión en otro sueño, así que he escapado sin problemas.

He perdido de vista a los militares en el centro comercial que está a dos manzanas; en este mundo aún lo están construyendo, lo que me pone aún más nervioso por la posibilidad de estar convirtiéndome en la Sibila de Cumas y tener que irme a vivir a una cueva al lado de una cascada. Pero llámenme loco si quieren porque yo ya sé cómo va a ser ese centro comercial por dentro, ese centro comercial en el que los militares estaban retransmitiendo mi imagen por televisión y todo el mundo la miraba mientras yo me tapaba la cara y seguía mi camino hacia la estación de trenes cercana. Allí me he subido en uno y, cuando me creía a salvo, un tipo de barba mal cuidada y pelo rizado demasiado largo en la periferia del cráneo como para que quedara bien en contraste con el resto de su sudorosa despoblación capilar me ha amenazado con un arma. Pero no le ha hecho falta seguir adelante: uno de sus compañeros me ha pegado un tiro en la nuca.

Permítanme que esconda mi elegancia preternatural durante un instante, pero ha sido uno de los momentos más jodidos de mi vida. Esta noche he sido consciente de que alguien me ha disparado en la nuca y me ha matado; he sentido el agujero abriéndose camino limpiamente a través de mi cráneo y su contenido, he visto la cara de sadismo del hombre de la barba y los rostros de horror de las personas del tren emborronándose a medida que perdía la visión periférica y todo se iba apagando como la pantalla de un viejo televisor de tubo de rayos catódicos. He tenido el tiempo justo de darme cuenta de que eso era el puto fin, de que no era justo morir teniendo aún toda la vida por delante, y de que jamás iba a volver a ver a la gente que quiero o a cabrearme por lo aleatoria que resulta la conducta humana la mayor parte del tiempo.

Entonces me he despertado. No ha sido entre sudores ni con un sobresalto: sencillamente he muerto en un sitio y he vuelto a la vida en otro, algo parecido a los sucesos de Al Filo del Mañana pero sin las armas molonas ni los extraterrestres; empero, rubia sí había.

Estoy desde entonces dándole vueltas al asunto, preguntándome a cuánta gente no le pasarán estas cosas y se las guardan como si a nadie le importaran. A mí empiezan a importarme. No he leído nunca a Freud y no creo que estuviese de acuerdo con muchas de sus aserciones; tampoco soy un profesional de la mente, sólo un tío que hace fotocopias vestido de Primera Comunión. Desde luego, no soy ni aspiro a ser un profesional de lo magufo, pero desconozco la explicación racional y lógica a esta capacidad mía de despertarme en medio de situaciones medianamente plausibles en un mundo coherente que es un reflejo distorsionado de este. Y quiero conocerla y mi parte más fantasiosa quisiera aprender a controlarla y marcarse un Dark City.

Llevo toda la mañana tocándome la zona inferior derecha de la nuca, justo por encima de donde los músculos del cuello se convierten en los del cráneo, porque esta noche alguien a quien no he visto me ha disparado ahí y me ha matado. Todavía me angustia un poquito.

Hoy me he comido una manzana

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