Correr

Hoy, aprovechando que es festivo, me he despertado a las 6 de la mañana completamente enérgico. No tengo claro si ha sido por el ruido de fondo que hace el ventilador de mi consola, a la cual dejé descargando The Last of Us anoche tras mi rápida victoria sobre el enemigo final de Bioshock (más fácil de aniquilar que cualquier Big Daddy del resto del juego). La cuestión es que yo nunca suelo levantarme con las pilas cargadas y, aunque siempre digo que en los festivos voy a salir a correr, suelo encontrar alguna excusa absurda para no hacerlo: hace calor, hace frío, echan algo bueno en el Twitter, etc.

Pero primero déjenme explicarles cuál es mi trasfondo en el mundo de la carrera: yo era el niño gordo que siempre suspendía Educación Física hasta que llegaba la última evaluación, en la que me aprobaban supuestamente por los logros alcanzados durante el año aunque yo sospecho que era por no jorobarme el expediente con algo a lo que, evidentemente, no iba a dedicarme (y eso a pesar de mis 8 años entrenando Taekwondo). Luego vino la adolescencia y empecé a ir al endocrino, con el que perdí muchos kilos y las ganas de vivir porque comía poco y soso, y luego me apunté a un gimnasio porque iba un amigo y conocí el fabuloso mundo del entrenamiento con resistencia (Vds. lo llaman pesas). Ahí pillé bastante peso, principalmente de músculo y agua; luego lo dejé y perdí masa pero me mantuve bien, luego empecé a descuidarme y volví a estar gordo hasta un hito en el que mi salud empezó a resentirse, me coincidió con la crisis de los 30 y volví al gimnasio. Y ahí sigo: no voy a salir jamás en la portada de ninguna revista con la que nadie pueda tener sueños húmedos, pero estoy más en forma que nunca en mi vida, mi espalda no duele (tengo una protohernia lumbar) y soy capaz de medir lo que voy a tardar en bajar los excesos de cualquier noche. Esto último es fácil porque apenas pruebo el alcohol, pero me gusta comer como si no fuese a haber mañana.

Sin embargo, en el campo de lo aeróbico no sabía decir cómo estaba porque en el gimnasio solo lo practico para calentar antes de coger pesos acongojantes y entre una y tres veces semanales (más bien una) de HIIT para mantener la panceta a raya. Este tipo de entrenamiento me gusta mucho porque, aparte de que ahora está de moda (pueden leer sobre él en múltiples fuentes), hace que mi metabolismo llegue a sitios en los que jamás soñó con poner el pie. Por supuesto, como estoy como una chota lo tengo todo perfectamente medido para evitar, en la medida de lo posible, que me dé un cuqui y tener una muerte absurda sobre una cinta de correr en un gimnasio; aún así, el sabor metálico en la boca y el ligero mareo combinado con las endorfinas no te lo quita nadie y es señal de que lo estás haciendo bien aunque luego no puedas subir las escaleras que te llevan a la calle y la seguridad de tu hogar.

Y llevaba ya varios días cachondeándome con las monitoras y el comercial del gimnasio porque siempre digo que voy a salir a correr y luego es insidiosa mentira, así que hoy se me ha cruzado el cable, aprovechando que de noche no hace sol, que a las 6 de la mañana no me gusta hacer ruido (aunque he dejado puesta una lavadora en programa largo) y que no conocía Madrid Río en toda su extensión, ¡y vaya si lo he conocido! Por supuesto, como yo no soy de salir sin desayunar y menos a hacer el cafre, me he tomado mi batido de aislado hidrolizado de suero lácteo (sabor vainilla) para un total de 30 g de proteína, medio litro de zumo de naranja Don Simón (con pulpa) para un total de 50 g de hidratos de carbono de velocidad intermedia de asimilación, 2 onzas de chocolate Lindt 85% para aportar grasas, y un café largo y un té verde para ese chute de cafeína que me iba a dar un empujoncito. Sí, café y té a la vez, ¿qué pasa? Ni que Vds. fueran normales o no consumiesen otras cosas. Además la cafeína ayuda a incentivar la oxidación de los ácidos grasos en el interior de las mitoncondrias en presencia de ejercicio aeróbico, pero tampoco quiero que dejen Vds. de leer esto para irse a la Wikipedia a ver qué significan tantos polisílabos incomprensibles, así que mejor continúo.

Madrid en una madrugada festiva da miedo porque nunca sabes qué pota vas a pisar; de hecho he presenciado una vomitona inversa en la que el autor, en vez de pisarla, se la había echado encima del zapato. La verdad es que era bastante cómico ver cómo intentaba limpiársela, pero yo no era el público para este espectáculo y, además, ya estaba mirando un señor que fumaba sobre unos rollos de kebab, así que tampoco me necesitaban y quién soy yo para meterme en una intimidad a la que no se me ha invocado.

He entrado a Madrid Río a través del complejo del Matadero y desengañémonos: todos sabíamos que esto no iba a durar más de diez minutos, así que mejor no ponerle demasiado arte, no fuéramos a pasarnos una de las salidas buenas a casa. Me he puesto a correr mientras observaba el bello ejercicio de cemento al que nuestros líderes políticos osan llamar parque. Me he cruzado con unas cuantas personas más que iban borrachas a sus hogares o vaya Vd. a saber dónde, otras que también corrían como yo pero con unas equipaciones feísimas, y otras que bajaban a sus perros a hacer sus necesidades. Hoy he visto y llamado a muchos perros, eso siempre es bueno.

La cosa es que yo corría y no me cansaba. Los vastos internos me dolían, pero como los tengo siempre tocados tampoco parecía señal de nada y así, decidiendo que nos les iba a prestar atención, he pasado a una parte del cemento que aún no conocía y que empezaba a estar lejos de mi casa. Como llevaba Metrobús no me he preocupado mucho, pensando que podría volver a casa en transporte público en cuanto me cansara y, total, aún no había amanecido, hacía fresquete, estaba conociendo sitios nuevos y los perros me miraban, así que todo era bueno. Por ello he descubierto que la gloria de Madrid es menor hacia aquel lado, en el que toda la grandeza de nuestro centro histórico troca en viviendas obreras poco mantenidas y de las que poco sé, aparte de recordarme a los projects de The Wire y Treme. Pero es que tras eso, a pesar de que me habían vendido que el parque continuaba, se transforma en una especie de vereda mal cuidada con puentes herrumbrosos bajo los que duermen personas, y luego ves el teleférico pasando por encima de ti y piensas que unos tan arriba y otros tan abajo, y entonces, ¡zas!: el final de Madrid Río, que termina en una carretera que no sé adónde va ni claramente de dónde viene, ¿y qué haces? Pues te cruzas de orilla del río y sigues corriendo, y pasas por debajo de esos herrumbrosos puentes que son cama de algunas personas cuyas historias probablemente no les permitan estar escribiendo esto tranquilamente, sentadas en su sofá después de comer, y te das cuenta que ni siquiera pueden estar allí de pie porque el techo es bajo y está lleno de vigas oxidadas y sigues corriendo, pero no sabes si es lo mismo de antes o estás huyendo, no ya de esa gente sino de la visibilización de su situación en el Madrid que se ha postulado para ciudad olímpica un par de veces, y te preguntas si trajeron aquí al Papa Ratzinger a que viera esto o si con la cruz enorme de la Plaza de Colón y los kikos con sus guitarras ya le bastó para saber que antes dimitía que volver a España de visita.

Y he seguido corriendo y ha salido el sol pero no me ha importado porque sabía que no me iba a quemar, que ya me quemo a diario con otras cosas pero mientras estuviera corriendo solo, escuchando un podcast de mi interés, no me iba a quemar, y entonces me he acordado de aquello de The Oatmeal y he pensado que menuda razón tenía, que ahí fuera, este ratito, era invulnerable.

Entonces he vuelto al Matadero y me he dicho que qué narices, que el término municipal no terminaba ahí a pesar de que en los mapas solo salgan dibujos de monstruos y he seguido un poco más, y cruzando cuatro carriles de entrada y salida de una carretera de esas que no llevan a ninguna parte y a todas a la vez, con los cascos puestos y mirando de refilón si llegaba ya la Muerte, tan silenciosa, he descubierto una calle con nombre de paraje de Tolkien (Puerto de la Cruz Verde) y, asombrosamente, la entrada a otro parque que ha resultado ser el Tierno Galván, y he tachado de mi lista, una vez más, el haber resuelto una pieza del rompecabezas geográfico de mi ciudad en una mañana en la que me ha dado el siroco (en mi época universitaria vagaba mucho aleatoriamente en vez de ir a clase), y aún no estaba cansado así que he dado una vuelta al estanque ese que tiene dando a la carretera, y he subido corriendo hasta la parte de arriba y la he atravesado y he llegado a las vías del tren de la antigua estación de Delicias, pero hoy sólo había un drogodependiente y me he preguntado qué habrá sido de aquella niña oriental, adoptada por padres patrios, que una vez vi jugando con un conejo blanco aquí.

Y he seguido avanzando hasta que he llegado al Paseo de las Delicias, pero aquí he decidido parar porque correr por la calle no me ha parecido nunca procedente, y también porque la ampolla del talón derecho acababa de reventar y ya saben Vds. lo que duele eso, por lo que he continuado caminando hasta mi casa, donde he vuelto a desayunar y he tendido la lavadora de programa largo que puse porque no me gusta dejar dentro la ropa, que me coge olores a pesar de que el Mimosín rosa es una pasada.

He corrido más de dos horas sin parar. Yo era el niño que se ahogaba al correr los 600 m en el colegio alrededor de la pista de baloncesto. No sabía que tenía esta capacidad y estoy contento de habérmela descubierto. Tampoco sé si volveré a salir a correr dentro de poco o si tendré excusas como las que venía poniendo hasta ahora; de hecho, estoy temiendo que mañana no voy a poder andar cuando me levante de la cama y he quedado para hacer senderismo pasado mañana, pero no tomo AINE porque he leído de dos fuentes diferentes que impiden la síntesis muscular, así que sufriremos el dolor en silencio.

Creo que todo el mundo debería salirse de su zona de confort de vez en cuando, aunque duela. Creo que, precisamente, el no salir de ella es lo que nos está convirtiendo en los yonkis de El Almuerzo Desnudo de Burroughs, con nuestra tienda y nuestra lámpara, en vez de en las personas felices y socialmente (que no siempre es lo mismo que económicamente) productivas que deberíamos ser. Creo, sinceramente, que más gente debería salir a correr a las 6 de la mañana en vez de cogerse una borrachera tremenda y luego vomitarse en el zapato para que les observe el señor que fuma sobre la comida que luego va a servir. Creo que, si todos hiciésemos esto un poquito más, no nos daría tanto miedo abrir el periódico. Por suerte, nadie puede obligarles a hacer cosas que no quieren, ¿verdad?

Hoy me he comido una manzana

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