El día después

Hago mis intervalos viendo a Mariló Montero desde que en mi gimnasio pusieron las nuevas cintas de correr con televisión. Es una sensación extraña la de correr hacia ella como si la considerase algo más que una presentadora al uso que en un momento habla de un tema político muy serio para pasar al inmediatamente siguiente a sacar una plástica sonrisa mientras aparece uno de sus colaboradores a exponer alguna banalidad, causando por el camino una gravísima disonancia cognitiva en la mayor parte del público, mermado de su capacidad decisoria tras muchos años de consumo de telebasura similar. Lo peor es que podría cambiar el canal de la televisión pero yo permanezco fiel a Mariló: nada como la ira para incentivar un mejor desempeño físico.

Mariló esta mañana, entre las ramas que se caen de los árboles y las historias de los familiares de mucha gente que no sé quién es, ha hablado sobre el referéndum por la independencia de Escocia. Tengo mucha suerte de no conectar los auriculares a la televisión porque así puedo imaginarme que están hablando de preciosos perritos y por eso eso todos sonríen y se carcajean libremente ante la bellísima visión; cuando se ponen serios repentinamente ante la visión de un YES dentro de una bandera escocesa me imagino que es porque el tema ha cambiado y ya no hablan de los perritos. Yo también me cabrearía un montón.

Mariló ha removido algo en mi interior, pero que nadie piense la cerdada que está pensando: durante toda mi vida adulta he sentido una curiosidad tremenda por los independentismos y los sentimientos nacionales, probablemente porque yo no tengo de esto y espero que no me crezca nunca: ¿qué lleva a un nutrido grupo de personas del siglo XXI a definirse como nación independiente del estado al que pertenecían previamente?

Nación parece ser el conjunto de los habitantes de un mismo país regido por el mismo gobierno, el territorio de ese país, y también el conjunto de personas de un mismo origen, que generalmente habla el mismo idioma y tiene una tradición común. Siendo esta última acepción a la que se aferran para independizarse y que es el fundamento obvio para el desarrollo de la primera: ¿cabe el sentimiento nacional en una sociedad globalizada y conectada? Porque yo hablo el mismo idioma que mis vecinos pero no les entiendo la mayor parte del tiempo, y no sé qué tradición es la que me define como español, o sí lo sé y reniego de ella, con lo que ya no formo parte de esa nación. En este caso lo único que me une con España es la imposibilidad legal de declararme apátrida y, de forma egoísta, las facilidades vitales que me ofrece. Y que conste en acta que respeto plenamente que alguien pueda sentirse unido a una nación aunque mi lógica dicte que no tiene mucho sentido a fecha de hoy.

Leo en la prensa que una de las principales razones de las regiones para independizarse de los estados a los que pertenecen es el descontento con la política tradicional, por lo que me quedo ojiplático cuando leo que Escocia permanecería en la libra esterlina: nadamos y guardamos la ropa porque, evidentemente, el dinero no conoce de éticas. ¿Y una Cataluña independiente no tendría política tradicional? ¿Y el País Vasco? ¿Cuáles serían las formas políticas alternativas que justificarían la independencia de estos territorios?

Abundemos en la cuestión histórica. La de Escocia ya se la saben porque han visto Braveheart y la del País Vasco ha sangrado demasiado como para que no la conozcan, pero el caso de Cataluña me resulta paradigmático:

  • Hace 300 años del Sitio de Barcelona, durante el cual Felipe V y las tropas borbónicas aplastaron la resistencia catalana. Este hecho se ha usado propagandísticamente durante la celebración de la última Diada hace una semana.
  • CiU lleva la voz cantante en el futuro referéndum independentista del 9 de noviembre.
  • Hace dos días que CiU se ha abstenido en el Congreso de los Diputados ante la elección sobre monarquía o república en España, es decir, que pudiendo vengar simbólicamente su derrota ante los Borbones, se abstuvieron en pleno proceso independentista. No entiendo nada.

¿Y reclamará la futura República Catalana sus posesiones mediterráneas? En el siglo XIII casi todo el Mediterráneo era suyo, incluyendo Atenas, así que lo mismo solucionan la papeleta griega y les saca de la crisis con la misma receta política alternativa que vayan a aplicar a sus territorios peninsulares.

Otro concepto que me chirría de siempre, pero particularmente desde que leí La Sociedad Abierta de Popper, es el del día después. Hoy Escocia se independiza y, tras un proceso de 18 meses para divorciarse legalmente del Reino Unido, todos los problemas de los escoceses se habrán solucionado mágicamente. Resultará obvio a cualquier persona que el establecimiento de un nuevo estado soberano, con leyes similares a las del resto de estados del Primer Mundo y con las mismas multinacionales ofreciendo sus servicios en el interior de sus fronteras, aspirando a pertenecer también a la Comunidad Europea, es receta segura para el cambio (nótese la ironía si no es Vd. muy listo). O también pueden marcarse un Corea del Norte y decir que están en guerra eterna con el resto de la península, claro. La verdad es que eso sería increíblemente épico de presenciar.

Habrán notado que, a diferencia de mi rojiza postura habitual y en pleno derecho de mi libertad de opinión, denoto cierta aversión hacia el concepto independentista reconocido por las diversas Internacionales y el Liberalismo; en realidad no tengo nada contra ellos si lo hacen en conciencia porque todo se habla y yo también odio que vengan a mi casa a decirme lo que tengo que hacer, pero a veces es complicado definir qué es mi casa. Es solamente que se me escapan algunos conceptos que considero obsoletos o meras entidades administrativas: soy profundamente anacionalista y antiestatista, y creo que el proceso que deberíamos iniciar, no a modo de revolución sino de reforma, es el de ir borrando poco a poco las fronteras de los mapas e incluyendo en vez de separando; con un poco de suerte conseguiríamos que no existiesen personas de distintas calidades según su geoposicionamiento en un momento dado. Y nótese que he dicho incluyendo y no uniendo, que no es lo mismo unidad que unicidad, más propia de autoritarismos que de verdaderas democracias (carcajada gorda). Por desgracia, parece que voy a contracorriente de los tiempos una vez más y que lo único que nos depara el futuro son las artificiales contraposiciones que evitarán el surgimiento de sinergias que podrían hacernos avanzar en el sentido adecuado, justificadas en el estatismo de las tradiciones, la incompatibilidad de los idiomas y los trapos de colores ondeando al final de palos. La única esperanza que resta es el poder de la sociedad civil y las redes telemáticas, pero permítanme recordar una vez más que, definitivamente, somos la hostia.

PD: permítanme dedicarle esta entrada a mi amigo Blai, que sé que me lee con amor y me discutirá mis posturas cualquier día mientras desayunamos una crema de orujo.

Hoy me he comido una manzana

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